“Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, dijo alguna vez el ex presidente y sufrido futbolero Juan Domingo Perón. Haciendo uso de mi argentinidad y de algo que nos caracteriza, que no es vender humo, sino la amistad; en pleno viaje periodístico 2010 surgió un imprevisto. Un amigo argentino al que no veía hacía más de dos años y que conocí en mi época de futbolista, o algo así, en 2007, cuando en soledad vivía en Madrid y el periodismo era algo lejano, no podría venir a la capital española a visitarme por inconvenientes con su actual club y las fechas de descanso. Gran problema. ¿Por qué?
Cuando nació en mi cabeza la posibilidad de realizar el viaje periodístico más loco del mundo, hasta el momento, léase caravana de entrevistas, partidos, estadios y demás actividades en 23 días, 11 aviones y 3 países, todo estaba planeado cronológicamente con la precisión de un reloj suizo de segunda selección. Vale aclarar que nada hubiera sido posible sin la inmensidad de oportunidades que te brinda internet. Asatej, Edreams, Spanair, Iberia, Vueling, Ryanair e Easyjet, entre otras, fueron algunas de las empresas que, mediante sus sitios web, me dieron una gigantesca mano a la hora de armar la interminable hoja de ruta. Mención aparte para el magnánimo y fantástico Booking.com, responsable absoluto del éxito de toda reserva hotelera realizada en Inglaterra, Alemania y algunas ciudades Españolas. Debo decir que no tuve ni un solo inconveniente con el hospedaje y todo lo realicé a través de varios clicks.
Ahora bien, haberme vuelto de repente increíblemente organizado y tener todo controlado a lo Martillo Hammer, me dejaba un ínfimo margen de error para algún imprevisto. El viaje sería aprovechado al máximo, pero, ¿qué paso? Dígalo sin miedo, querido lector. Efectivamente, aparecieron los pequeños grandes inconvenientes. El primero, en Manchester. Una demora de 4 horas adentro del avión (había calculado un promedio de un posible retraso de 2) rumbo a Alicante por una tormenta de nieve, mientras me encontraba acorralado por no menos de 30 dobles de riesgo del querido Osama Bin Laden a mi alrededor. Aunque, como aclaré en mi diario II, todo resultó bien y sólo fueron prejuicios tontos sobre quienes terminaron siendo mis simpáticos amigos Pakistaníes, que iban rumbo a una festichola islámica en Fez, Marruecos. La historia, quienes leyeron mi post previo, ya la conocen: perdí el retorno a la capital, cuando debía estar en el Santiago Bernabéu a las 20 para cubrir el partido del Madrid contra Villarreal. Eran las 14 y todavía estaba en Alicante. Un boleto de avión de último momento costaba más caro que el marfil pero, finalmente, una gran amiga alicantina, azafata de los trenes españoles, me salvó consiguiendo de la galera un ticket rumbo a la capital que estaban, supuestamente, ¡todos agotados! Cuatro horas más tarde llegué a la ciudad y de la estación rajé directo al estadio, con el nivel de cansancio de un participante del Iron Man o de un joven saturado por el nivel de asado en sangre de un domingo por la tarde previo a una tiradita al césped.
Retornando al tema inicial, ya más tranquilo en Madrid, recibo la llamada de mi amigo incitándome a visitarlo. ¿Cuándo? Si no tenía un día libre. Malabareando, finalmente de 3 días previstos en Barcelona, pasé a 2 y terminé yendo de la Ciudad Condal a Ibiza y de ahí en un movedizo barco a Formentera, donde vive y juega mi amigo Román Charriol.
Permítanme comentarles que Barcelona es una fantástica ciudad, salvo que no entendí absolutamente nada del catalán. Si bien la gente, si necesitás, te hablá en castellano, es otro país. Los carteles en la city, la información del subte, aeropuerto y demás, están en el idioma del lugar. Siempre había recibido comentarios de cómo era la situación en Cataluña, pero visitarla fue, al menos, chocante. Sin embargo, no puedo negar que es una ciudad impresionante. Llegué allá con dos objetivos. El primero, entrevistar a Mauro Icardi, un pibe argentino con pizcas de acento español, que juega desde hace 2 años en los juveniles del Barça, después de meter más de 400 goles en el Unión Deportiva Vecindario, un humilde club de las Islas Canarias, donde emigró con toda su familia luego de la grave crisis de 2001. Y el segundo, acreditarme como prensa en el Barcelona vs. Málaga. La entrevista resultó exitosa, hoy está en proceso de edición y en algunos días aparecera por el blog. En tanto, lo de entrar como prensa al Camp Nou se complicó bastante por el plazo de cierre de acreditaciones. No hubo caso, por más que intentamos hablar y usar algún artilugio argento. Finalmente, logré entrar, aunque lejos del área de prensa.
El paso por Barcelona, y por el barrio de Gràcia, donde me hospedé en la interesante residencia estudiantil Erasmus Gràcia, me permitió conocer el Bicing y ver la revolución que genera la bici en la capital catalana. Además, encontrando redes wifi por la calle hice algunas transmisiones en vivo a través del celular y un software totalmente delirante llamado QIK, que permite usar la cámara del teléfono y la red de internet para transmitir en vivo estés donde estés. Sé muy bien que sólo 4 o 5 personas lo vieron, pero resultó totalmente fantástico. Algo así como un móvil televisivo, salvando las distancias, claro, en un pequeño aparatito.
El amanecer del tercer día, me encontró tomándome el Aerobús hacia el aeropuerto de El Prat para embarcar rumbo a Ibiza, escala aérea final de mi viaje a la vecina isla de Formentera. Más allá del emotivo encuentro con uno de los grandes amigos que me dio el fútbol, conocer la tan marketinera isla me generaba ilusión.
Después de pasar los interminables controles de seguridad, me subí al avión y al ratito llegué a la isla de Gilligan más caravanera de Europa. En verano, claro. Porque en invierno hay menos gente que en Las Toninas en julio. Y si en Ibiza la situación era tal que había un McDonalds y un Burger King, y los dos estaban cerrados, imagínense en su vecina más pequeña: Formentera.
Si alguna vez se subió al tan famoso juego Samba, para llegar este pequeño lugar hay que subirse a un barco que se mueve casi idénticamente. Así que si es de vómito fácil, no se lo recomiendo. Cuarenta minutos luego de embarcar, arribé al tan mencionado lugar. Formentera es un paraíso que forma parte del archipiélago balear y tiene menos de 10.000 habitantes. Claro, al igual que Ibiza, explota en verano, cuando se llena de ricachones de todas partes del mundo. Para que se den una idea, un departamentito tranqui, monoambiente, cuesta alrededor de 150/200 euros por día en plena temporada. En los últimos años pasaron Kate Moss, Leonardo Di Caprio, Andresito Iniesta y la lista continúa. Eso sí, no puedo dar fe de absoltumente nada porque yo fui en invierno, y si bien es paradisíaca (con todo eso del agua súper cristalina y los pececitos jugando un coca-cola ahí abajo), durante horas fui testigo de la tristeza de no ver a nadie por la calle. Bah, calle, son pequeños pueblitos separados a los que tenes que ir en algún vehículo, caso contrario tardás más que sacar el pasaporte y cédula en Azopardo 620. De todas formas, vuelvo a repetir: en verano, el paraíso. En invierno, te morís de embole. Pero si algún día, estimado lector, se gana el TeleKino o el Loto, no dude en visitar Formentera.
Fueron nada más que veinticuatro horas, pero que valieron mucho más por la alegría de visitar a un amigo. Ya por la mañana, otra vez el samba isleño y pasar el insoportable control de seguridad aéreo que me tocó rumbo a Barcelona. En la ciudad donde la rompe Leo Messi tuve que esperar un par de horitas y otra vez a volar. Llegué a Madrid a las 19, pero todavía faltaba más. Al día siguiente tocaría volver a subirme a un avión para comenzar el último tramo de mi aventura periodística europea. Sería en la ciudad en la que más sufrí el frío en toda mi vida. En la ciudad donde la gente no cruza si el semáforo no la habilita por más que no haya absolutamente ningún auto. Fue en Munich, Alemania, capital de la cerveza. Ahí, donde ví a un estadio repleto de alemanes quedarse calladito cuando Gonzalo Higuaín la mandó adentro en una heladísima noche germana.









Qué lindo es poder hacer un relato de un viaje entrañado lejos del a ciudad natal con el agregado de la añoranza por las amistades ya que estas desde lejos se valoran de un modo especial.