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Diario de viaje

Diario de viaje IV: el frío de Munich y la vuelta a casa

Si alguna vez desea saber cómo se siente una media res dentro de un frigorífico, es sudamericano y está acostumbrado a una temperatura medianamente templada, debe viajar a Munich, Alemania, en febrero/marzo con una pequeña maleta de mano y un camperón. Al menos eso fue lo que por confiado me sucedió en la mejor experiencia de todo el viaje: presenciar el silencio de un estadio repleto de alemanes por la victoria Argentina ante los locales en el gigantesco estadio Allianz Arena.

Juan José del Pozo, inmortalizado como el gran Tusam, tenía razón: las cosas pueden fallar.  Y algo así pasó, aunque fuera dentro de lo previsto. Después de hacer en avión y barco la ruta Barcelona – Ibiza – Formentera – Ibiza – Barcelona – Madrid, en sólo 72 horas, el 1 de marzo retorné a la capital española mientras entraba la noche. Fue una paliza viajera más. Aunque, hay que reconocerlo, peor sería ir de Ushuaia a La Quiaca en un Renalt 12 “S”, modelo 75, amarillo, chocado, sin aire, en la segunda quincena de enero.

DESIERTA. A las 4:30 de la mañana, la Terminal 4 estaba desierta.

Apenas llegado a Madrid, solamente me quedaban 12 horas para viajar otra vez. Me esperaba Munich, la tercera ciudad más grande de Alemania, después de Berlín y Hamburgo. Aunque agobiadísimo por el cansancio, en una ráfaga de un par de horas aproveché el departamento de un amigo para un necesario cambio de ropa y utilidades de la valija y salir a cenar con una amiga argentina. Lo malo de todo esto fue que no podría dormir plácidamente antes del vuelo, ya que despegaba a las 8, el primer Metro hacia el aeropuerto salía a las 6.05 y tenía 45 minutos hasta el destino. Por lo cual, decidí hacer la gran Tom Hanks y quedarme en el aeropuerto a pasar la noche. Finalmente, después de ir a las corridas para no perder el último subte, llegué alrededor de las 2 de la madrugada en la formación que finalizaba el recorrido diario.

La terminal 4 del aeropuerto Madrid-Barajas es una maravilla arquitectónica inmensa. Enorme en pleno día, cuando miles y miles de pasajeros pasan por ella, pero mucho más gigante resulta de noche, cuando está desierta y sólo quedan algunos pocos que pasan las horas ahí. Para que tomen conciencia de la magnitud del lugar, es tan grande que los carteles indicadores que te llevan hasta las puertas de embarque también informan cuánto tiempo tardarás en llegar caminando hasta el sector de puertas J, por ejemplo. Al ratito de arribar, mientras hurgaba, cual perro entrenado por la policía, por una red wifi gratuita que  amenizara la noche y el tiempo de espera, observaba cómo trabajaban los operarios de refacciones, limpieza y demás cosas que resultan poco habituales de ver durante el día en una terminal aérea. La red wifi rodriguezsaádelpueblo jamás apareció y ante la imposibilidad de conciliar el sueño en un piso más duro que pan viejo, decidí ir a ver si los controles de seguridad estaban abiertos para asi acercame ya a la puerta de embarque e intentar dormir ahí. Eran las 4 de la mañana, y el grupo de policías del control de seguridad estaba en plena broma. No era para menos, no había desde la medianoche ningún vuelo y el primero salía a las 7.30. Pero cuando pregunté si ya podía pasar, me lo permitieron sin problemas.

Luego de otro interminable control, busqué el área que correspondía a mi vuelo y como la diva del ahorro Lita de Lázzari, caminé, caminé y caminé, pero no buscando precios, sino la bendita puerta indicada en la tarjeta de embarque. No había absolutamente nadie por ningún lado. Al punto de que podía escuchar mis propios pasos y el sonido de las ruedas de la maleta de mano que se amplificaban por la magnitud del lugar.  Al séptimo minuto caminando, descansé. Tirado en el suelo, porque los asientos tenían apoyabrazos, lo cual hacía imposible realizar “una tiradita”, alcé la vista y lo encontré. Mágicamente apareció un tomacorriente salvador para conectar la notebook y una red wifi paga, pero wifi al fin. Maté un buen rato escribiendo y subiendo algunas cosas a este blog y me juré que trataría de dormir algo, lo que sea. Eran alrededor de las 5 y cerré los ojos hasta las 7, cuando empecé a escuchar muchas pisadas. Claro, la gente ya empezaba a llegar, por  eso decidí que lo mejor era prepararme para salir. Al rato nomás empezó el embarque, esta vez no había árabes a la vista, pero si muchos ejecutivos: viajaban todos juntos a un congreso sobre no sé qué, en Alemania.

MARIENPLATZ. La plaza central de Munich.

Dos horas y media después, el 2 de marzo, llegué a suelo germano. Eran casi las 11, mientras bajaba del avión algo dormido, cuando entre la gente vi una boca que apuntaba hacia un costado y una maraña de algo parecido a pelo enrulado. No era Blas Armando Giunta. Resultó ser Oscar Cabezón Ruggeri, que solicitaba un taxi y llegaba a Munich por su cuenta buscando armar un tole tole periodístico. Mientras trataba de hacer foco en los indescifrables carteles escritos en alemán, los que estaban en inglés me llevaron hasta el tren que me depositaría en la estación Hauptbahnhof, la central de la ciudad. Pedí los tickets en inglés a una amable vendedora que me brindó dos: uno para moverme libremente por la ciudad y otro para la ida y vuelta al aeropuerto. En pleno tren, todo, absolutamente todo, estaba en germano. El inglés brillaba por su ausencia. Por intuición, llegué. Pero nada resultó más difícil que al arribar. Había decenas de salidas por todos lados, ningún cartel en la lengua universal y me di cuenta de que el idioma alemán es más complicado que estornudar con los ojos abiertos.

El Atlas City Hotel, el cual reservé a través de Booking.com, estaba a 5 cuadras nada más de la estación central. Decidí entonces, tomar una salida al azar para buscar la calle Paul-Heyse-St. Apenas vi la luz exterior, una llovizna molesta me dio el primer indicio de que mi estadía no resultaría del todo cómoda. El frío ya se empezaba a sentir, pero resultaba normal y tolerable. Después de varias vueltas a la estación, y mucho tiempo perdido esperando a que el GPS sincronizara, de casualidad pude dar con la calle correcta y llegar al hotel. Otra vez, como en Inglaterra, mi sorpresa era total. Una cultura totalmente diferente, una ciudad extraña para alguien acostumbrado a otra forma de vida. Alojado ya en la habitación, y mientras sólo pensaba en descansar, recibo sorpresivamente un mail del presidente de World Eleven,  la empresa que organizaba el amistoso entre Alemania y Argentina, Guillermo Tofoni, diciéndome que había problemas con mi acreditación porque había llegado fuera de tiempo (N de A: se envió en tiempo y forma antes de que cerrara el plazo, el viernes 26 de febrero), pero que si pasaba por el hotel de la Selección, el glamoroso cinco estrellas Mandarin Hotel, podría solucionarlo. Así que allá fui, preocupado. Ya intuía que me iban a dormir con mi pase de prensa.

HABLANDO DEL 10. Los diarios alemanes hicieron foco en el habano de Diego.

Apenas llegué, dos vallas, que contenían a la gente que esperaba a los jugadores, el micro de la Selección y tres gigantones de seguridad fueron el primer inconveniente. Poniendo cara de piedra me acerqué a la puerta e intenté pasar. Uno de los conserjes de la entrada me preguntó, con cara de pocos amigos, qué necesitaba. Le expliqué, en un inglés medio turbio por la ansiedad, que necesitaba mi pase de prensa y hablar con el señor Tofoni. Se fue a buscar lo que pedí: no estaba la acreditación y Tofoni tampoco, claro. A pesar del intenso frío y lluvia, mi temperatura empezaba a aumentar minuto a minuto. Ya en estado de calentura, le expliqué al conserje que me habían mandado un mail pidiéndome que me acercara. La respuesta fue nula. Mientras pensaba qué iba a hacer, por una ventana, vi a Tofoni en plena reunión hablando muy interesantemente con dos personajes. Decidí esperarlo afuera y al rato salió la Selección rumbo al entrenamiento. Barullo por todos lados, sobre todo con Maradona. Momento ideal que aproveché para armar algún video mientras algunos argentos presentes y descontrolados bajo la lluvia se acordaban de Pelé y los ingleses.

La Selección se fue, pero yo seguía ahí, esperando. Al toque me encontré con el mismo argentino de Inglaterra, que me motivó a entrar de una al hotel. Y me mandé, nomás. De película. Un pianista tocaba una suave melodia mientras gente importante tomaba té. Ahí estaba Tofoni. Acto seguido, miré para la ventana que daba a la calle y logré observar a  Martín Arévalo, de TyC Sports, que se iba caminando cómodamente con un tipo que le sostenía un paraguas para que no se mojara (?!!?!). Adentro, Sergio Gendler, de canal 13, hablaba vía celular para el programa de radio de Lalo Mir y parecía que estaba como en casa, porque no paraba de dar vueltas por todos lados. También Raúl Taquini, de ESPN. Pero, volvamos a lo importante, tenía que hablar con Tofoni. Por eso, les avisé a unas hermosas señoritas rubias que atendían la recepción, que no me pusieron ningún problema a la hora de esperar dentro del hotel.

Mientras lo observaba de reojo y el pianista seguía tocando, il capo de la empresa organizadora del amistoso, continuaba hablando en inglés sin parar. Ya habían pasado 30 minutos de espera dentro del hotel y la cosa no parecía que fuera a cambiar demasiado. Bastante molesto, decidí pararme e interrumpirle la reunión, porque era estrictamente necesario. Tocadita de hombro izquierdo y un “Guillermo, soy Fran Calvello, usted me envió un correo por el tema de las acreditaciones”, fue mi presentación. Muy sorprendido, me respondió: “No hay problema, esperame unos minutos y lo vemos”. Mi cara cambió para bien. “¡Milagro! Lo voy a solucionar”, pensé. Me dispuse a esperar, pero esos minutos se transformaron en horas. Casi dos para ser exactos. Con ganas de  decir de todo, consideré seriamente en interrumpir nuevamente la reunión, exclamar insultos de todos los colores de forma amable y huir cual ring-raje. Pero decidí tomarmelo con soda y disfrutar del viaje. Muy caliente, me fui.  No cubriría el partido como prensa, pero intentaría verlo igual en el estadio. No era lo mismo, pero algo era.

CALLES DE MUNICH. La lluvia y el frío, una constante.

Mi cansancio ya era notorio, necesitaba dormir. Eran alrededor de las 18 y estaba más cansado que Forrest Gump después de correr 3 años. Aproveché para almorzar (sí, recién almorcé a esa hora) y caminé un poco para conocer. El frío cada vez era más crudo. A las 20, volví al hotel, previo paso por un supermercado en el que compré algo parecido a un alfajor de dudosa procedencia, y decidí que era momento de hibernar. Quise mirar la tele pero era inentendible. Como todo, claro.

En la mañana del día 3 de marzo me propuse tres cosas: conseguir una entrada, viajar al campo de concentración de Dachau y conocer el Olympiapark, sede de los Juegos Olímpicos de 1972.  Al igual que en Manchester, bajé a desayunar bien temprano, pero esta vez rodeado de alemanes, algún inglés y chicos/as italianos de algúna escuela, que estaban de viaje por ahí. La sensación de escuchar una mezcla de idiomas, fue extraña, muy extraña.

Inmediatamente después de conocer el centro de la ciudad y la Marienplatz, volé en subte para el estadio Allianz Arena, casa del Bayern Munich y Munich 1860. A primera vista quedé perplejo, parecía una gigantesca nube en tierra. Cuanto más me acercaba, más grande se hacía. Finalmente, conseguí una entrada, saladita, pero si perdía la oportunidad de estar ahí lo iba a lamentar. Eran las 12 y el partido comenzaba a las 20.45. Decidí volver hacia el centro y partir para conocer el triste campo de concentración de Dachau, el primer centro de exterminio nazi. Mientras, en pleno viaje de retorno, conocí a Garching, la estación del amor (?), que días atrás ilustró uno de los posts de este blog. Motivado por la posibilidad de ver parte de la historia alemana, ingresé a la estación de tren buscando cómo llegar a las afueras de la ciudad, donde se encuentra Dachau. Eran más de las 13 y, entre tanto cartel en alemán, me llevé la triste noticia de que debía tomar un tren y un colectivo,  lo cual me llevaría más de una hora y media para llegar. Tres horas entre la ida y la vuelta a lo cual había que sumar unas dos horas de visita. Y encima me faltaba el OlympiaPark. Tristemente tuve que desistir. Hubiera sido algo groso, pero, además, al estar todo en alemán el transporte era muy confuso, había riesgo hasta de perderme y tenía que volver a tiempo. Decidí, entonces, dejarlo para mi próximo viaje y conocer el predio de los Juegos Olímpicos de 1972, donde el nadador estadounidense Mark Spitz batió récords mundiales en cada uno de sus 7 oros, hito superado en Beijing 2008 por su compatriota Michael Phelps; y sucedió el atentado terrorista que causó la muerte de once atletas israelíes. Increíble y gigantesco lugar, que, además de la Villa Olímpica, cuenta también con el Olympiastadion, sede de la final de la Copa del Mundo de 1974, entre la histórica naranja mecánica,  Holanda, y la Alemania de Franz Beckenbauer.

OLYMPIASTADION. El estadio Olímpico de Munich, sede de la final de la Copa Mundial 1974

Luego de un par de horas recorriendo el OlyimpiaPark,  la temperatura empezó a bajar y bajar y ya rondaba el 0º o el -1º. La vuelta al hotel era inminente. Faltaban 3 horas para el partido. En la habitación aproveché para colgar algunos videos al blog y prepararme. No sabía que terminaría como una media res en el helado depósito de un frigorífico, pero igual me abrigué completamente. De mi valija de mano, no quedó nada. Pantalón, camiseta térmica, camisa, suéter, bufanda, campera, camperón: me puse todo. Como gran estratega de guerra, y por la experiencia adquirida en las otras ciudades europeas, supuse que la clave estaba en los pies, donde ya había sufrido el frío. Por lo cual, y como iba a estar durante 2 horas en un espacio abierto, decidí armarme para la batalla. Pies vendados con papel, tres pares de medias y para rematarla, ¡dos bolsas impermeables Ziploc! Estaba seguro de que el frío no me ganaría. Gran error.

A pesar de que caminaba algo parecido a un astronauta, el frío no pasaba. Partí entonces, en taxi, para el Allianz Arena en una Munich que ya se había tornado oscura por la noche. Al arribar, un increíble luz blanca iluminaba toda la parte exterior del estadio. Totalmente extasiado, busqué ingresar para verlo por dentro. Faltaban 15 minutos para el inicio. Mientras caminaba para donde correspondía mi asiento, una señorita me habló en alemán y me entregó una revista al estilo El Gráfico. Primera sorpresa. Le pregunté cuánto debía pagar, me respondió que era gratis. Celebré, pero sólo entendería las imágenes.

PARTIDO. Leo Messi y Verón, en pleno partido.

El frío seguía siendo soportable cuando ingresé y vi la inmensidad del interior. Era un estadio repleto de alemanes y un puñado de argentinos. Me tocó sentarme en una zona donde había sólo 2 argentinos y estaban en la otra punta de la fila. Salieron los equipos, las caras adornaron las pantallas gigantes y al aparecer Maradona el estadio estalló: Diego sigue siendo el dios del fútbol. Me sentía como en el Mundial. La temperatura corporal venía bastante bien, pero al arrancar el partido la cosa se fue tornando más y más fría. Cada vez se aguantaba un poco menos y mi arma secreta bien custodiada, los pies, empezaba a flaquear. Llegó el gol del Pipita Higuaín, lo grité descontroladamente sin medir consecuencias, les recuerdo que estaba rodeadísimo de alemanes, pero nadie me dijo absolutamente nada: segunda sorpresa. Por el gol, mi temperatura creció por unos minutos. El primer tiempo, lo aguanté. El segundo, lo sufrí.

Cuando el árbitro marco el final de la primera parte, salí disparado a comprar algo. Tenía más hambre que el Chavo del 8. Otra vez, solamente estaba todo en alemán. Sólo se entendía la palabra Nuggets y Frites, así que eso fue lo que pedí. Una curiosidad: no podés pagar en efectivo en las cajas, sino que tenés que comprar una tarjeta, al mejor estilo SACOA, para abonar con crédito cargado previamente.  Aproveché para comer algo y aliviar la temperatura. La cosa estaba más llevadera pero ni con guantes paliaba el frío. Ya daba por hecho que se había sorteado un resfriado, de los buenos, y yo tenía todos los números.

Al arrancar el segundo tiempo, la cosa se tornó peor. Movía las piernas incansablemente buscando algo de calor. Pensaba que no podía ser. Me sentía Robocop con toda la ropa que tenía, me estaba muriendo de frío y los alemanes estaban con una remera y apenas una campera. “¿¡Cómo puede ser!?”, bramé. Aguanté 30 minutos, hasta que vi al salvador. Un hombre se dirigía a su asiento con un gigantesco vaso de café. Lo busqué y le pregunté dónde lo había comprado, pero no hablaba inglés. Así que, mientras miraba el partido de reojo, averiguaba dónde comprar. No había por ningún lado. Vendían todo, menos café. No estaba el cocacolero, sino el birrero y los alemanes no paraban de tomar y tomar cerveza.  Hasta que lo encontré. Escondido en un rincón, había un puestito cafetero. Quedaban menos de 5 minutos para el final y me pedí el café más grande del mundo, cuando ya estaba empezando a temblar. Miraba a los alemanes y seguía sorprendido, estaban acostumbradísimos. Mientras me servían el café, el “ole” empezó a bajar de las pocas gargantas argentinas presentes, incluída la mia. Argentina se le plantaba a Alemania y le tocaba la pelota en su casa. Placer. Me acerqué a mirar lo que restaba del partido y observaba las caras de los aficionados alemanes. Estaban indignados. Argentina se defendía con autoridad y salía de contra, aunque terminaría ganando el partido manejando la pelota en los últimos minutos. Algo me dijo en ese momento que en el Mundial la cosa podría llegar a funcionar. Al ratito, el árbitro marcó el final, la gente aplaudió y yo, con el pecho infladísimo de orgullo y mi bufanda con los colores argentinos, salí rapidísimo en búsqueda del subte para volver al hotel con lo poco que quedaba de mi café salvador en la mano. No habían pasado ni 10 minutos de mi pedido cafetero y el líquido ya estaba ¡helado!

ALLIANZ ARENA. El estadio, iluminado en plena noche.

Viajar en el subte de regreso fue una vivencia que en Argentina no sé cómo hubiera resultado. Mientras seguía congelado, aunque tolerándolo, viajé en una formación repleta de alemanes, apretado como si viajara en el Sarmiento a las 8 de la mañana, con una bufanda argentina. Nuevamente, nadie me dijo absolutamente nada. ¿Por qué  en Argentina resulta tan difícil entender que el fútbol es solamente un deporte y una diversión? Al momento de llegar a la estación, ocurrió una nueva sorpresa. Era casi la medianoche y había muy poca gente en las calles. Mientras caminaba rumbo al hotel, el semáforo peatonal se puso en rojo pero no venía absolutamente nadie a 1km a la redonda. A mi lado había dos personas y un ciclista, que frenaron automáticamente. Repito: no había nadie, pero respetaron el semáforo. Por inercia, y por educación, también lo hice. Me quedé con la boca abierta. A esa altura, gracias a la apretada del subte, idéntica a la de un tren rumbo a Plaza Miserere, mi temperatura corporal se había normalizado.

Pasé la última noche en el hotel y a las 12 del mediodía partí rumbo al aeropuerto. Se terminaba mi recorrido por Alemania. Ya no estaba Ruggeri, sino el padre del Pipita Higuaín y la familia. Dos horas y media más tarde pisé otra vez Madrid. Las ganas de volver a Buenos Aires crecían cada vez más. Solamente me faltaba tomarme un avión, de los cuales ya no quería saber absolutamente nada. Fueron momentos en los que aproveché para saludar a mis amigos argentinos y españoles y agarrar mis valijas. A las 23:55 salía el vuelo UX 041 de Air Europa rumbo al aeropuerto  de Ezeiza. Me calcé traje y corbata y a las 20.30 fui al aeropuerto con un amigo cordobés. Las horas pasaron enseguida. Hubo un abrazo y le dije hasta luego a mi segunda casa, Madrid. Lo más importante ya lo había conseguido. No fue teoría, ni conceptos. Se llama experiencia y no está en los libros. El primer paso había sido dado: Francisco Calvello, bienvenido al mundo real del periodismo.

Comentarios

2 comentarios para “Diario de viaje IV: el frío de Munich y la vuelta a casa”

  1. [...] This post was mentioned on Twitter by Francisco Calvello. Francisco Calvello said: Nuevo blog post. Último diario de viaje: el frío de Munich y la vuelta a casa. http://bit.ly/duo6OV [...]

    Publicado por Tweets that mention Nuevo blog post. Último diario de viaje: el frío de Munich y la vuelta a casa. -- Topsy.com | Abril 21, 2010, 11:05 am
  2. Muy bueno el relato, realmente pude sentir como si lo hubiera vivido en carne propia….. hasta me agarro un poquito de frío!!!

    Abrazo.
    Fer

    Publicado por Fernando | Abril 21, 2010, 11:09 am

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